Materia, forma e información


Platón y Aristóteles
Platón y Aristóteles

Probablemente mi catedrático de Derecho Romano, Jesús Burillo Loshuertos, nunca sabrá el mal que me ha hecho el que, en mi primer examen como universitario, incluyese la pregunta de a quien pertenece la escultura, si al escultor o al dueño del mármol, pregunta sobre la que ya escribí en otro post.

En el fondo de la pregunta, además de un histórico debate jurídico entre sabinianos y proculeyanos, late la vieja dualidad materia-forma de la que se ocuparon ampliamente antiguos filósofos y pensadores.

Reflexionando sobre la información en cuanto que acción de informar o dar forma a algo, viene a la mente inmediatamente la percepción de que, mientras la materia es finita y escasa (al menos dentro de las fronteras de nuestro planeta), la capacidad de informar es inagotable, al menos mientras no falte la energía.

O, como se dice a menudo, que si me das un pescado éste se agotará, pero si me enseñas a pescar, esa enseñanza permanecerá siempre y podré difundirla. Muy al contrario de lo que ocurre en el milagro bíblico de los panes y los peces, en el mundo real lo que se multiplica es la información, no el pescado. De ahí que uno pueda pasarse unos buenos ratos reflexionando sobre economía, riqueza y pobreza, en términos de información; considerando que, si la materia es finita, lo que a uno enriquece a otro, necesariamente, lo empobrece y que la única riqueza verdadera ha de tener, por fuerza, naturaleza informacional.

Sin embargo la dualidad materia-forma presenta problemas de difícil solución, problemas de los que ya se percataron los antiguos pensadores y filósofos, pues, en la naturaleza jamás se puede encontrar materia sin forma o forma sin materia. La pura materia o la pura forma no pueden ser percibidas; sólo pueden ser comprendidas por el intelecto, que es capaz de abstraer o “separar” la forma de la materia y viceversa, la materia y la forma puras sólo pueden ser pensadas y esto ya lo señaló hace muchos siglos Aristóteles. Llegados a éste punto parece que un concepto tan natural e intuitivo como es la “materia” no resulta nada claro, ni siquiera para la física moderna.

La física, clásicamente consideraba que la materia tenía tres propiedades que, juntas, la caracterizaban: que ocupaba un lugar en el espacio y que tenía masa y duración en el tiempo. Sin embargo, esta concepción clasica ha cambiado y, a día de hoy, en el contexto de la física moderna, se entiende por materia cualquier campoentidad, o discontinuidad traducible a fenómeno perceptible que se propaga a través del espacio-tiempo a una velocidad igual o inferior a la de la luz y a la que se pueda asociar energía. Así todas las formas de materia tienen asociadas una cierta energía pero sólo algunas formas de materia tienen masa lo que, para el profano, resulta muy llamativo.

Ni siquiera Demócrito y sus átomos pueden venir en nuestra ayuda pues, a nivel microscópico los átomos se descomponen en partículas, que a su vez se descomponen en otras partículas hasta llegar a las partículas más elementales conocidas a las que llamamos quarks, que a su vez se mantienen unidos mediante el intercambio de gluones virtuales, lo que da lugar a un abigarrado “zoo” de partículas subatómicas:

Partículas subatómicas
Partículas subatómicas

Todo se complica aún mucho más si consideramos que una gran parte de la energía del universo corresponde a formas de materia formada por partículas o campos que no presentan masa, como la luz y la radiación electromagnética, las dos formada por fotones sin masa; o si consideramos la dualidad partícula-onda que presentan estos corpúsculos, todo ello muy sorprendente para el profano. La realidad es que la forma en la que se organizan esas pocas partículas es lo que da lugar al complejo mundo que vemos, la materia que percibimos no es más que una de las muchas formas en que esas partículas se informan y, desde ese punto de vista, si en algún nivel las partículas son constantes, lo relevante a efectos humanos es sólo la información.

Así, el escultor de mi pregunta, como un Demiurgo o un Demonio de Maxwell, merced a un generoso derroche de energía, trata de informar lo ya informado, aportando nueva información y esta aportación de información (y no otra cosa) es lo que hace valioso su trabajo y lo que es definitorio de los seres vivos: Son sistemas que, localmente y con consumo de energía, libran una guerra sin esperanzas contra la entropía.

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