La cuarta generación de derechos humanos

La cuarta generación de derechos humanos

El 4 de septiembre de 2006 el diario “The Jakarta Post” publicó un artículo de opinión firmado por un tal Mohamad Mova Al ‘Afghani, que lo firmaba como “lawyer, lecturer and DAAD scholar in Goettingen, Germany” que pronto alcanzó elevadas dosis de popularidad. El artículo se llamaba “La cuarta generación de derechos humanos” y las ideas que en él se contienen me han rondado la cabeza durante bastantes años. Hoy me he vuelto a encontrar con ese post (al que yo llamo impropiamente “The Jakarta Post”) y no me resisto a tratar de traducirles una parte del mismo. Dice así:

“El ser humano ha tenido bastante éxito a la hora de conceptualizar los derechos humanos, pudiendo clasificar los mismos en tres generaciones diferentes.

La primera generación trata primcipalmente de derechos “negativos” (v.gr. el derecho a no ser sometido a represión) tales como la libertad religiosa, libertad de expresión y el derecho a un juicio justo.

La segunda generación de derechos humanos tiene que ver con derechos positivos (v.gr. el derecho a recibir algo de otros) como por ejemplo el derecho al empleo, a la vivienda o a la salud.

Estos derechos, nacidos tras la segunda guerra mundial se incardinan en el Convenio Internacional sobre Derechos Civiles, Económicos, Sociales y Culturales (ICESCR en inglés).

La tercera generación de derechos tiene mayoritariamente carácter medioambiental (v.gr. el desarrollo sostenible) y los podemos encontrar en forma de declaraciones vagamente obligatorias como las de Río o Estocolmo.

La civilización actual se encuentra en los albores de la era del conocimiento, una era en que se supone que las poblaciones ya no trabajan tanto en la agricultura o la industria sino en la producción de conocimiento. Contrariamente a la agricultura o la industria, conectadas al medio ambiente, este nuevo tipo de producción sólo se halla vagamente conectada con las condiciones medioambientales pues solo maneja y produce una cosa: información.

Los seres vivos no son más que códigos genéticos y los materiales no son más que una serie de estructuras atómicas. En la era del conocimiento la realidad no es distinta de la información misma.

Uno de los principales problemas en esta era del conocimiento es la forma en la que se está gestionando la información por el ordenamiento jurídico. El término que usa el ordenamiento es el de “Propiedad Intelectual” lo que en sí mismo es una falacia pues anuda la información a la propiedad cuando las características de la información son sensiblemente diferentes del resto de propiedades o “bienes”.

La primera diferencia tiene que ver con la escasez. Los bienes son valiosos porque son escasos y una vez consumidos carecen de valor. La información sin embargo es abundante. Los científicos usan la información de sus predecesores para crear nuevas teorías y los autores se apoyan en obras de escritores anteriores para escribir nuevos libros.

Por eso, si la información alcanza la esfera pública (es “consumida”) se multiplica y no decrece.

La tercera diferencia tiene que ver con la divisibilidad. Los bienes pueden ser divididos entre la gente pero la información no.

La cuarta diferencia es la multiplicabilidad. “La información quiere ser libre”. La teoría memética señala que las ideas infectan los cerebros como los virus propagándose por sí mismas en el organismo. Esta es la razón por la que la Inquisición y las quemas de libros fracasaron tratando de detener la propagación de las ideas. La propiedad de los bienes tradicionales, en cambio, no se multiplica por sí sola.

(…)

La cuestión va más allá, ¿tiene una persona derecho a tomar, modificar y reproducir información disponible en el ámbito público? Si conozco un método patentado para curar el SIDA ¿tengo derecho a divulgar esa información en la red? La respuesta debería ser “SÍ”. El intercambio de información es una forma de derecho humano, una forma de “derecho negativo”.

Paralelamente con los argumentos expuestos, algunos expertos prevén la emergencia de una “economía de la abundancia”, en la cual la competición por los recursos devendrá obsoleta, algo que contradice la percepción malthusiana tradicional.

Desafortunadamente el derecho a la información no ha sido objeto de ayención en los países en desarrollo dado que aún están ocupados con la primera generación de derechos humanos.

Se teme que para cuando la libertad de expresión, los problemas de género, la libertad religiosa y otros derechos estén garantizados en los países en desarrollo, aparecerá una brecha en materia de información debido a la falta de tecnología de la información y al sistema legal coercitivo actual.

In developed countries, some people have concluded that the overprotection granted by laws jeopardizes the free market. Expensive fees for IP registration and the likelihood of disputes, accompanied by its lousy enforcement, illustrate the infectivity and inefficiency of the current system.
En los países desarrollados, algunas personas sostienen que la sobreprotección que ahora otorgan las leyes compromete el mercado libre. Las elevadas tasas para registrar la propiedad intelectual y el aumento de litigios acompañada por su lamentable forma de hacer eficaces las leyes, ilustran la ineficacia del sistema actual.

Ampliar la protección de la propiedad intelectual ha sido calificado también como una pura búsqueda de rentas dado que el valor real del conocimiento protegido desaparece o se reduce. Si estos movimientos y nuevas formas de pensar logran algún tipo de reconocimiento o sanción en algún tipo de instrumento internacional formarán la cuarta generación de derechos humanos.”

¿Podríamos vivir sin Open Source?

¿Podríamos vivir sin Open Source?

Me encuentro muy a menudo con personas que lo desconocen casi todo acerca del Open Source (software de código abierto), de GNU, de Linux… y, como es propio del ser humano despreciar todo aquello que ignora, cuando les hablo de sus ventajas suelen escucharme como quien escucha a un “geek” medio loco. Para ellos la informática y las nuevas tecnologías son conceptos ligados al Windows de su PC, o al Word, o al Explorer. El caso es particularmente patético cuando de politicos se trata.

Para esos casos suelo utilizar un argumento que ahora les traslado y que, más o menos, es como sigue:

¿Considera usted que el Open Source (o Linux o GNU…) no tienen mas que una mínima importancia marginal? Bien, tratemos entonces de imaginar que esta noche todo el software Open Source fuese retirado y dejase de funcionar. ¿Qué cree usted que pasaría?

En primer lugar Internet dejaría de funcionar, al menos para los usuarios normales.

La mayoría de los servidores de nombres de dominio (DNS) utilizan software de código abierto como BIND, éste software  es el que convierte http://www.josemuelas.com en una serie de números que son la dirección IP del servidor adecuado. La mayoría de los usuarios de Internet desconocen qué IP se encuetra detrás de cada nombre de dominio y, a partir de ahí, la navegación les resultaría imposible.

Supongamos incluso que usted es un auténtico “fiera” y es capaz de saber que 72.14.207.99 es la dirección IP correspondiente http://www.google.com. Incluso en ese caso pocas cosas cambiarían pues  Google funciona principalmente en Linux que es también software Open Source.

¿Y si probamos con Yahoo? ¿funcionará entonces?. Pues tampoco. Yahoo! es uno de los principales usuarios de otro popular sistema operativo de código abierto: FreeBSD.

Sin embargo usted no se va a dar por vencido, usted es un recalcitrante opositor al open source y guarda un as en la manga, así que probará con la siguiente IP en su navegador: 207.68.172.246. ¡Magnífico! Ha dado usted con http://www.msn.com, es decir con Microsoft, y estos es seguro que no usan código abierto, ahora podrá usted buscar y navegar por la red, de forma que usted en la casilla de búsqueda introduce algunas palabras para ver las noticias del día, o incluso alguna que otra foto de su actriz favorita… yespera a que aparezcan los resultados… ¿ahora ya puedo navegar verdad?

Pues no, vuelve usted a equivocarse.

De los 188 millones de sitios web existentes en enero de 2009 más del 52% utilizan “Apache“, un servidor escrito en Código Abierto y sólo un 32% utilizan software de Microsoft. El resto de los servidores utilizan mayoritariamente también Código Abierto. Es decir, aun cuando usted pudiese recordar toda la retahíla de números de las IP’s tan sólo funcionarían menos de un tercio de los servidores existentes en la actualidad. Si no me cree puede consultar las estadísticas.

¿Le parece suficiente?

Pues aún hay más. Aunque aún pudiese usted recordar las Ip’s y acceder a los sitios cuyo servidor usa software Microsoft usted tampoco podría realizar conexiones seguras ni mucho menos realizar operaciones de comercio electrónico; no podría usted comprar ni vender en la red porque sin OpenSSH ni OpenSSl (código abierto también, sí) todas estas operaciones no serían posibles.

Tras esto sólo un idiota podría ningunear la importancia del Open Source (y de Linux y de GNU y de FreeBSD…) pero, desgraciadamente, parece ser que, como afirmaban en la antigüedad “Stultorum infinitus est numerus“.

Open Source (y  Linux y GNU y FreeBSD…) no son ninguna excentricidad de “geeks” o de activistas iluminados, son el pasado, son el presente y son el futuro y sólo la necedad de algunos pocos soberbios mal informados puede tratar de ocultar esto.

Ya saben… leche, cacao, avellanas y azúcar.

En esta película ganan los indios
En esta película ganan los indios

GNUcilla: Leche, cacao, avellanas y azúcar

GNUcilla: Leche, cacao, avellanas y azúcar

No entiendo como a estas alturas aún se sigue discutiendo sobre códigos abiertos y códigos cerrados en el software. Tal discusión, aplicada a cualquier otro campo de la industria, resultaría ridícula. ¿Admitiría algún consumidor que se le diese a su hijo para merendar un bocadillo con una sustancia negruzca dentro que no se supiera qué es ni qué componentes tiene?

Los fabricantes de cremas de cacao y los gobiernos lo tuvieron claro desde siempre y por eso fabricaron una GNUcilla que se sabía (y se sabe) que está hecha de leche, cacao, avellanas y azúcar. A nadie se le ocurrió jamás fabricar una MSNocilla que no se supiese de qué estaba compuesta.

Sin embargo lo que es evidente para cualquier producto no parece serlo para el software. Los gobiernos no parecen tenerlo claro aún y, lo que es más sorprendente, los consumidores tampoco. ¿Cuánto tardarán todos en darse cuenta de que no se pueden vender productos que no se sabe de qué están hechos ni qué efectos producen?

Si Windows Vista fuese un chocolate no podría venderse en ninguna tienda europea, ni siquiera regalarse, simplemente estaría prohibida su distribución. Pero es un programa de ordenador y, los que mandan, prefieren dejar que otros se enriquezcan a saber lo que, de verdad, se están comiendo.

Por qué es perversa la propiedad intelectual

Por qué es perversa la propiedad intelectual

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Una de las evidencias más importantes que debemos tener en cuenta para entender las protestas actuales en relación con el disparatado sistema legal de propiedad intelectual que nos gobierna, es la de reconocer que el conocimiento (la información) es uno de los más importantes recursos naturales con que cuenta la humanidad. La información, es fácil comprenderlo, es la materia prima con la que se elaboran todas las grandes obras, construcciones y creaciones del género humano.

Las investigaciones del famoso economista Paul Romer mostraron claramente que la información, el conocimiento, como recurso, son los que generan el crecimiento económico de los hombres y las naciones. Una vez que uno percibe y asimila esta realidad, las preguntas sobre la naturaleza y funcionamiento de este increíble recurso natural comienzan a amontonarse.

Pensemos, por ejemplo, en cualquier otro recurso natural distinto de la información o el conocimiento: ¿No estaríamos todos de acuerdo en que lo mejor para la humanidad sería disponer de una cantidad ilimitada de ellos?

Si no existiese escasez de cereales en el mundo lo consideraríamos, sin duda, algo positivo; si dispusiésemos de fuentes de energía inagotables sin duda también lo consideraríamos un factor positivo para la humanidad. Es cierto que la superabundancia de alimentos o energía podría tener efectos colaterales perniciosos en algunos casos, pero, indudablemente, el hecho de que la humanidad dispusiese de tantos cuantos alimentos o energía necesitase, sería, antes que nada, una bendición.

Sin embargo, cuando esta abundancia aparece en un sector donde antes sólo había escasez, los problemas salen a la superficie. Déjenme que les ponga un ejemplo.

Quizá ustedes se hayan preguntado alguna vez cómo era posible que, desde la más remota antigüedad, se consumiesen helados o se tratasen enfermedades y se conservasen los alimentos gracias al hielo. Es obvio que la tecnología del frío es muy reciente y cabe preguntarse cómo obtenían hielo en la antigüedad en zonas tan cálidas como Roma o Barcelona incluso durante el verano. El secreto estaba en unos pozos excavados en la tierra con muros de contención e incluso con techo, que disponían de aberturas para la introducción de la nieve y posteriormente la extracción del hielo. A esos pozos se les llamaba “neveras” (sí, como su frigorífico) y dieron lugar a una muy floreciente industria de producción y reparto de hielo. El gran desarrollo de esta industria tuvo lugar entre los siglos XVI y XIX, y ha sido utilizada hasta mediados del siglo XX, cuando, con la aparición de los primeros frigoríficos su uso devino innecesario. Sobre 1890 aparecieron también las primeras fábricas de hielo y, hasta que la electricidad no fue un recurso común en todas las casas, la industria de las neveras dio trabajo a muchos hombres y mujeres.

Yo recuerdo perfectamente la primera nevera de que dispusieron mis padres, era poco más que un armario en el que se introducía un bloque de hielo que se compraba en la fábrica de hielo y que se repartía incluso a domicilio.

La aparición de los frigoríficos convirtió las neveras y la industria a ella asociada en manifiestamente obsoleta de forma que, de ella, ya sólo nos queda su nombre.

Sin embargo, cuando aparecieron los frigoríficos, nadie se planteó establecer un canon sobre ellos para evitar el cierre de industrias de hielo; tampoco nadie se planteo prohibir la fabricación doméstica de hielo o imponer restricciones a la venta de refrigeradores. Ciertamente el drama de los trabajadores y empresarios del sector no era diferente entonces del de las empresas e industrias que la revolución tecnológica ha convertido ahora en obsoletas. No tenía sentido entonces perpetuar artificialmente una industria obsoleta en perjuicio del común de los ciudadanos y no tiene sentido ahora defender privilegios sin sentido en contra del interés común.

La industria del frío, además, aunque cerró numerosas neveras y fábricas de hielo y mandó al paro a un buen número de trabajadores, abrió nuevos mercados y nuevas oportunidades de negocio. Hoy todos disponemos de frigoríficos cuya construcción genera un buen número de puestos de trabajo, la posesión generalizada de frigoríficos permite asimismo que todos dispongamos de productos congelados en casa, un producto que antes apenas se podía comercializar… En fin, les dejo imaginar el resto.

La aparición de los frigoríficos hizo que desapareciese la escasez de hielo, escasez que había permitido florecer durante dos mil años a una industria. Indudablemente la aparición de los frigoríficos fue un mal indudable para los empresarios del sector de las neveras pero, en pocos años, se puso de manifiesto que, en general, fue un avance para la sociedad en su conjunto.

El ejemplo anterior creo que ilustra suficientemente por qué, cuando aparece la abundancia en un sector económico donde antes había escasez, los problemas afloran. Siempre que existe escasez en un sector económico alguien construye un negocio sobre ella. En el ejemplo anterior eran los fabricantes de hielo, pero otros muchos ejemplos pueden ponerse, como por ejemplo el de la distribución de agua cuando no existían suficientes redes de canalización, el de los instrumentistas músicos cuando no existía la industria del disco o el de los amanuenses y copistas cuando la imprenta aún no estaba inventada. En fin, puede usted encontrar tantos cuantos ejemplos desee pero, allá donde exista escasez, siempre aparecerá alguien que construye un negocio sobre dicha escasez; de hecho, una de las definiciones más extendidas de la economía es aquella que la define como “La ciencia que se encarga del estudio de la satisfacción de las necesidades humanas mediante bienes que, siendo escasos, tienen usos alternativos entre los cuales hay que optar”.

El concepto de “escasez” aparece siempre que hablamos de economía y la desaparición de esta escasez da lugar a fenómenos que merece la pena considerar.

Hace ya años que la mayoría de los economistas rechazaron la idea mercantilista de que los estados debían constituir monopolios que generasen escaseces artificiales a fin de lucrarse con ellos, porque se percataron de que, a largo plazo, un mercado competitivo resultaba mucho más ventajoso para todos. Es verdad que, para quienes disfrutaron del monopolio del comercio con las colonias de América, del monopolio del azúcar o de la sal, el fin de sus monopolios fue una noticia terrible y desagradable pero, para el resto de la población, el fin de los privilegios monopolísticos sólo trajo bienestar y riqueza.

Por lo que respecta a la información y al conocimiento, considerados como recurso natural, debemos decir que son recursos no meramente abundantes, sino que, simplemente, son infinitos.

Tal y como escribió Thomas Jefferson

“Si la naturaleza ha creado alguna cosa menos susceptible de ser poseída como propiedad privada que todas las demás, esta es ese resultado del poder del pensamiento al que llamamos “idea”, la cual sólo puede ser poseída por un indivíduo en la medida en que la guarde sólo para él pues, en el mismo momento que la divulgue, la pone en posesión de todo el mundo sin que ninguno de quienes reciban tal idea pueda desposeer a quien la difundió de la posesión de la misma ni desposeerse ellos mismo de ella. La peculiaridad de las ideas es, también, que nadie pierde la posesión de las mismas porque las transmita a otro por completo. Aquel que recibe una idea de mí recibe instrucción para él sin que yo pierda la instrucción que le he transmitido, al igual que quien enciende su lámpara en una mina recibe su luz sin por ello oscurecernos a nosotros. Que las ideas puedan difundirse libremente de un lugar a otro del globo, para la instrucción y mejora de la condición moral del hombre, parece haber sido una pecualiaridad diseñada por la benevolencia de la naturaleza cuando las creó, como el fuego, que se propaga a todas partes sin perder su densidad en ningún punto, y como el aire en el que respiramos, nos movemos y vivimos, incapaz de ser confinado ni ser objeto de apropiación exclusiva. Las invenciones no pueden ser, por naturaleza, objeto de propiedad”

También en España la naturaleza perversa y errónea de la legislación en materia de propiedad intelectual fue denunciada desde los primeros momentos de su instauración, y no por pensadores aislados sino nada menos que por la Escuela Iusnaturalista de Salamanca, religiosos desde luego de reconocida autoridad en todo el orbe en el campo del Derecho Natural. Partiendo del concepto de Santo Tomas de Aquino de la suidad, la escuela de Salamanca circunscribió a mediados del siglo XVIII la protección a lo que luego se llamarán derechos morales, atacando frontalmente la equiparación del privilegio real con una forma de propiedad, dado que sobre las ideas, conocimientos y conceptos no puede reivindicarse propiedad con independencia del estado, ni la transmisión llevarse a cabo como un juego de suma cero como sí ocurre con la propiedad de las cosas. Además, no siendo la propiedad un derecho natural, difícilmente podría argumentarse su universalidad.

Sin embargo y a pesar de lo dicho por Jefferson, todavía hay personas que piensan que la información, el conocimiento, estos fascinantes recursos humanos, deben de ser limitados, encerrados, poseídos y sujetos a propiedad. Esto es así porque es mucho más simple darse cuenta de que el fin de la escasez (el fin del negocio del hielo) perjudicará a las personas que viven de dicha industria que darse cuenta de que, a pesar de esos aspectos negativos para unos pocos, el fin de la escasez permitirá la aparición de nuevos mercados y formas de negocio en forma de fabricantes de refrigeradores, distribuidores de productos congelados, fabricantes de aire acondicionado… cada uno de los cuales tratará de ofrecer mejores productos que beneficiaran a los consumidores y harán crecer los mercados, la riqueza y las nuevas oportunidades de negocio.

Ciertamente que resulta muy sencillo percibir que la industria de las fábricas de hielo se resentirá y que los oligarcas de estas empresas lo pasarán mal y parece que, cuando hablamos de información y conocimiento, nuestros gobernantes caen una y otra vez en esta percepción simplista, bien es verdad que eficazmente “ayudados” por quienes no quieren que su monopolio se acabe y prefieren que sigamos consumiendo su hielo a que dispongamos de refrigeradores.

En un post anterior ya les conté como Tim Berners-Lee, el creador del lenguaje html con el que funcionan todos los navegadores y webs de internet, en todas sus entrevistas siempre tenía que contestar a la misma pregunta “¿Por qué no patentó usted su invención y ahora sería millonario?”. Berners-Lee suele contestar que las cosas son así en materia de conocimiento, información e internet. Nadie pagaría por usar su lenguaje, para que las personas hablen un mismo lenguaje el mismo debe estar a disposición de todas sin restriccciones y un lenguaje sirve de poco si lo usa un sólo interlocutor como un teléfono no sirve de nada si no hay otro teléfono al que llamar. Nadie crea nada desde cero. Como dijo Sir Isaac Newton para él sus descubrimientos eran perfectamente sencillos y naturales, porque los había realizado apoyándose en hombros de gigantes (Galileo, Copérnico, Kepler…). En materia de conocimiento es una obligación moral permitir que, al igual que nosotros nos elevamos sobre los hombros de quienes nos precedieron, aquellos que nos han de seguir puedan subir sobre los nuestros. Quizá si Tim Berners-Lee hubiese patentado alguna de sus invenciones podría ser ahora un poco más rico; lo indudable es que la humanidad en su conjunto sería ahora más pobre. ¿Qué interés deben, pues, defender quienes dicen que nos representan?

Así es como funciona la red o, al menos, así es como ha venido funcionando hasta ahora que han aparecido una serie de políticos que no entienden de moral y sí sólo de su interés y el de unos pocos fabricantes de hielo. Las industrias del entreteniiento y la propiedad intelectual, ahora, tratan incluso de lavarnos el cerebro para convencernos de que el conocimiento y la información son esencialmente poseíbles y apropiables. Por lo que parece lo están logrando en muchos casos, pues se permiten llamar ladrones y piratas a quienes simplemente copian información y hacen con ella aquello para lo que la naturaleza la creó. No saben nada, no entienden nada y no tienen otro norte que el de su propio beneficio.

El fundamento originario de las leyes sobre copyright y propiedad intelectual fue crear una ficción jurídica temporal para que, en cierto modo, determinados individuos pudiesen controlar el uso y distribución de determinadas obras o conocimientos.Se pensaba que, de este modo, se incentivaría la creación de las mismas y por ello, porque era bueno para todos, se aprobaron dichas leyes.

Sin embargo, con el paso del tiempo, esos derechos se fueron pervirtiendo, aumentando su plazo de ejercicio hasta límites intolerables, permitiendo que Su titularidad recayese sobre personas jurídicas (otra ficción) y, finalmente, a golpe de presión de la industria, han perdido todo el sentido que los hizo nacer. Los ejemplos de las infames consecuencias de esta legislación son, a día de hoy, innumerables y que incluso pueda responsabilizarse a dicha regulación de la pobreza y hambruna de grandes zonas del planeta. Trataré de ese tema en otro post, ahora simplemente piense usted que el cereal que alimenta a la mayor parte de la humanidad es el maíz, que llevó a los mayas miles de años de selección de plantas conseguir las mazorcas que usted conoce (las primeras mazorcas apenas contenían tres o cuatro granos de maíz) y que ahora… Ahora se modifica genéticamente y se patenta este maíz, de forma que se priva a pueblos de la tierra de la posibilidad de plantar y consumir una materia prima que ellos mismos crearon con su esfuerzo a través de milenios.

Si usted está pensando que la legislación sobre copyright y propiedad intelectual tan sólo tiene que ver con la posibilidad de que usted se descargue gratuitamente canciones o películas se equivoca. Quizá es eso lo que quieran hacernos creer quienes pervierten la regulación en esa materia, pero es lo cierto que sobre esas leyes se está construyendo un mundo absolutamente injusto en beneficio de unos pocos y en perjuicio de casi todos.

Estamos a tiempo de rechazar todavía esta economía del monopolio y de la escasez artificial. No es sólo megaupload.

PD. Este post es un remix de otros posts de diferentes personas, singularmente Mike Masnick, Falkvinge y otros diversos posts míos. Es así como funciona la red.

¡Mejor cómprele un Garand!

¡Mejor cómprele un Garand!

Un Garand es una herramienta notable. Desde 1936 hasta 1957 fue el fusil oficial de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos, fue utilizado intensivamente en la Segunda Guerra Mundial, en la Guerra de Corea y, en menor medida, en la Guerra de Vietnam. A día de hoy sigue siendo utlizado en numerosos paises y si mira con atención las imágenes del telediario lo puede ver en uso en los rincones más apartados del planeta.

Garand, una eficaz máquina de matar a distancia

En manos de “Clint Eastwood” resultó un poderoso argumento persuasivo en “Gran Torino”. Perfectamente capaz de disparar ocho balas sin recargar y reventar a un búfalo a 550 metros; dada su alta eficacia, no es extraño que el general George Patton se refiriese al M1 Garand como “La mejor herramienta de guerra jamás creada”. Ahí es nada.

Pues bien, a día de hoy, en España usted puede comprar un Garand (o un Mauser, o un Mosin Nagant) si dispone de licencia de caza. No está nada mal. Supongo que para cazar elefantes o ballenas, mamíferos propios de la fauna ibérica.

Un marine con su Garand
Un marine con su Garand

A cualquiera le chirría que un cacharro de esa especie pueda comprarse en tales condiciones pero eso es normal (ironía) si consideramos que el Código Penal sólo debe castigar las conductas más indeseables y esta, por lo visto, no lo es, sobre todo si la comparamos con la maldición del siglo XXI (nótese una vez más la ironía): La copia ilegal de canciones o archivos.

Sí, señoras y señores, sí; conforme al artículo 270.3 del Código Penal:

“Será castigado también con la misma pena (prisión de seis meses a dos años y multa de 12 a 24 meses) quien fabrique, importe, ponga en circulación o tenga cualquier medio específicamente destinado a facilitar la supresión no autorizada o la neutralización de cualquier dispositivo técnico que se haya utilizado para proteger programas de ordenador o cualquiera de las otras obras, interpretaciones o ejecuciones en los términos previstos en el apartado 1 de este artículo.”

Esto es, que lleve usted cuidado, que igual su hijo tiene un programa en el ordenador de esos que le sirven para desproteger videojuegos y tiene usted un drama en la familia. Mejor cómprele un Garand, total, solo sirve para matar, cosa de poca monta y, además, estará usted más seguro/a: Aún no se conoce que disparar unas balas haya vulnerado jamás un derecho de autor, que es lo que es verdaderamente importante aquí en España.

Conclusión: Tener un programa de ordenador es delito, tener un fusil de guerra no lo es.

PD. ¡Ultimas Noticias! Se ha descubierto que hasta hoy vulnerar el copyright no ha causado ninguna muerte.

Mickey Mouse y los derechos de autor


Mickey_Mouse_-_The_Mad_Doctor

Me pide un amigo (que sospecho debe de ser uno de los pocos lectores de este blog) que escriba sobre cierta historia que un día le conté a propósito de Mickey Mouse y del Copyright.  Verdaderamente la historia la conocí en la obra de Lawrence Lessig y, como no creo poder contar mejor que él lo que el mismo cuenta, de su libro “Free Culture: How Big Media uses Technology and the Law to lock down Culture and control Creativity” trascribo los párrafos que cuentan la historia y los completo con algunas referencias que parecen precisas, incluida una versión de “Steamboat Willie” de Walt Disney. Si hay errores en la traducción no me echen la culpa porque va por cuenta de Daniel Álvarez Valenzuela con alguna corrección mía que, sin duda, será errónea.

Y sin más preámbulos vamos a la historia que da razón de ser a este post:

En 1928 nació un personaje de dibujos animados. Un temprano Mickey Mouse hizo su debut en mayo de aquel año, en un corto mudo llamado “Plane Crazy”. En noviembre de ese mismo año, en el Cine Colonia de la ciudad de Nueva York, en la primera cinta de dibujos animados sincronizados con sonido, “Steamboat Willie” dio a luz al personaje que se convertiría en Mickey Mouse.

El sonido sincronizado se había introducido en el cine un año antes con la película “El cantor de jazz“. Su éxito llevó a que Walt Disney copiara la técnica y mezclara el sonido con los dibujos animados. Nadie sabía si funcionaría o, si funcionaba, si llegaría a ganarse un público. Pero, cuando Disney hizo una prueba en el verano de 1928, los resultados no dejaron lugar a dudas. Disney describió así aquel experimento:

“Dos de mis muchachos sabían leer música, y uno de ellos sabía tocar el órgano. Los pusimos en una habitación en la que no podían ver la pantalla y lo arreglamos todo para llevar el sonido a la habitación en la que nuestras esposas y amigos iban a ver la película. Los muchachos trabajaban a partir de una partitura con música y efectos sonoros. Después de varias salidas en falso, el sonido y la acción echaron a correr juntos. El organista tocaba la melodía, el resto de nosotros en el departamento de sonido golpeábamos cacerolas y soplábamos silbatos. La sincronización era muy buena.

El efecto en nuestro pequeño público no fue nada menos que electrizante. Respondieron casi instintivamente a esta unión de sonido y animación. Pensé que se estaban burlando de mí. De manera que me senté entre el público y lo hicimos todo otra vez. ¡Era terrible, pero era maravilloso! ¡Y era algo nuevo!”

El socio de entonces de Disney, y uno de los talentos más extraordinarios en el campo de la animación, Ub Iwerks, lo explica con mayor intensidad:

“Nunca he recibido una emoción mayor en mi vida. Nada desde entonces ha estado a la misma altura”.

Disney había creado algo muy nuevo, basándose en algo relativamente nuevo. El sonido sincronizado dio vida a una forma de creatividad que raramente había sido –excepto en manos de Disney– algo más que un relleno para otras películas. Durante toda la historia temprana de la animación, fue la invención de Disney la que marcó el estándar que otros se esforzaron por alcanzar. Y bastante a menudo el gran genio de Disney, su chispa de creatividad, se basó en el trabajo de otros.

Todo esto es algo familiar. Lo que quizá ya no sepas es que 1928 también marcó otra transición importante. Ese año, otro genio, no de la animación sino de la comedia, creo su última película muda producida de forma independiente. Ése genio era Buster Keaton y la película era…  “Steamboat Bill Jr..

Buster Keaton nació en una familia de actores de Vodevil en 1895. En la era del cine mudo había sido el rey, usando la comedia corporal como forma de arrancarle incontenibles carcajadas a su público. “Steamboat Bill, Jr.” era un clásico de este estilo, famoso entre los cinéfilos por sus números increíbles. La película era puro Keaton, extremadamente popular y de las mejores en su género. “Steamboat Bill, Jr.” apareció antes que la película de dibujos animados de Disney, “Steamboat Willie”.

La coincidencia de títulos no es casual. “Steamboat Willie” es una parodia directa en dibujos animados de “Steamboat Bill”, y ambas tienen como fuente una misma canción. No es solo a partir de la invención del sonido sincronizado en “El cantor de jazz” que obtenemos “Steamboat Willie”. Es también a partir de la invención por parte de Buster Keaton de “Steamboat Bill, Jr.”, inspirado a su vez en la canción “Steamboat Bill”. Y a partir de Steamboat Willie obtenemos Mickey Mouse.

http://www.youtube.com/v/RexXDDA8RoI?fs=1&hl=es_ES&color1=0x3a3a3a&color2=0x999999

Este “préstamo” no era algo único, ni para Disney ni para la industria. Disney estaba siempre repitiendo como un loro los largometrajes para el gran público de su tiempo. Lo mismo hacían muchos otros. Los primeros dibujos animados están llenos de obras derivadas, ligeras variaciones de los temas populares; historias antiguas narradas de nuevo. La clave para el éxito era la brillantez de las diferencias. Con Disney, fue el sonido lo que les dio la chispa a sus animaciones. Más tarde, fue la calidad de su trabajo en comparación con los dibujos animados producidos en masa con los que competía. Sin embargo, estos añadidos fueron creados sobre una base que había tomado prestada. Disney añadió cosas al trabajo de otros antes que él, creando algo nuevo a partir de algo que era apenas viejo.

A veces el préstamo era poca cosa, otras era significativo. Piensa en los cuentos de hadas de los hermanos Grimm. Si tienes la misma mala memoria que yo, seguramente pensarás que estos cuentos son historias dulces y felices, apropiadas para cualquier niño a la hora de acostarse. En realidad, los cuentos de hadas de los hermanos Grimm nos resultan, bueno, bastante siniestros. Solamente unos pocos padres pasados de ambición se atreverán a leerles a sus hijos, a la de hora de acostarse o a cualquier otra hora, esas historias llenas de sangre y moralina. Disney tomó estas historias y las volvió a contar de una manera que las llevó a una nueva era. Las animó convirtiéndolas en dibujos animados, con personajes y luz. Sin eliminar los elementos de miedo y peligro por completo, hizo que lo oscuro fuera divertido e inyectó compasión genuina donde antes solo había terror. Y esto no lo hizo únicamente con la obra de los hermanos Grimm. De hecho, el catálogo de las obras de Disney que se basan en la obra de otros, es asombroso cuando se repasa el catálogo completo: Blancanieves (1937), Fantasía (1940), Pinocho (1940), Dumbo (1941), Bambi (1942), Canción del sur (1946), Cenicienta (1950), Alicia en el país de las maravillas (1951), Robin Hood (1952), Peter Pan (1953), La dama y el vagabundo (1955), Mulan (1998), La bella durmiente (1959), 101 dalmatas (1961), Merlín el encantador (1963) y El libro de la selva (1967), sin mencionar un ejemplo reciente del que quizá nos deberíamos olvidar, El planeta del tesoro (2003). En todos estos casos, Disney (o Disney, Inc.) tomó creatividad de la cultura en torno suyo, mezcló esa creatividad con su propio talento extraordinario, y luego copió esa mezcla en el alma de su cultura. Toma, mezcla y copia.

Esto es un tipo de creatividad. Es una creatividad que deberíamos recordar y celebrar. Hay quien dice que no hay creatividad alguna excepto ésta. No tenemos que ir tan lejos para reconocer su importancia. Podemos llamarla creatividad de Disney, aunque eso sería un poco engañoso. Es, para ser más preciso, “la creatividad de Walt Disney”, una forma de expresión y de genio que se basa en la cultura que nos rodea y que la convierte en algo diferente.

En 1928, la cultura de la que Disney tenía la libertad de nutrirse era relativamente fresca. El dominio público en 1928 no era muy antiguo y por tanto estaba muy vivo. El plazo medio de copyright era aproximadamente treinta años, para esa minoría de obras creativas que efectivamente tenían copyright22.

Eso significaba que durante treinta años en promedio los autores y los dueños de copyright de una obra creativa tenían un “derecho exclusivo” para controlar ciertos usos de esa obra, para hacerlo se requería el permiso del dueño del copyright.

Al final del plazo de copyright, una obra pasaba al dominio público. Entonces no se necesitaba permiso alguno para usarla o para basarse en esa obra. Ningún permiso y, por tanto, ningún abogado. El dominio público era una “zona libre de abogados”. Así, la mayoría de los contenidos del siglo XIX eran libres para que Disney los usara y se basase en ellos en 1928. Eran libres para que cualquiera –tuviera contactos o no, fuera rico o no, tuviera permiso o no– los usara y se basara en ellos. Ésta es la forma en la que las cosas siempre habían sido –hasta hace bien poco–. Durante la mayoría de nuestra historia, el dominio público estaba justo detrás del horizonte. Desde 1790 a 1978, el plazo medio de copyright nunca fue más de treinta y dos años, lo cual significaba que la mayoría de la creación cultural que tuviera apenas una generación y media era libre para que cualquiera se basara en ella sin necesitar permiso de nadie.

Hoy día el equivalente sería que las obras creativas de los sesenta y los setenta serían libres para que el próximo Walt Disney pudiera basarse en ellas sin permisos. Sin embargo, hoy el dominio público solo está presuntamente libre en lo que respecta a contenidos de la década de los 20, los años previos a la Gran Depresión.

La realidad es que hoy día nadie puede hacer con Disney lo que él hizo con los hermanos Grimm pues la propia Disney Inc. se ha encargado de que el Gobierno de los Estados Unidos dicte leyes que lo impidan. Fue el inmenso trabajo de lobby desarrollado por la Disney la que le valió a la reforma de 1998 el nombre peyorativo de Mickey Mouse Protection Act, ya que el interés de defender el copyright del dibujo nacido en el Vapor Willie, a su vez nacido del  Vapor Bill Jr. que a su vez nació de la canción del Vapor Bill (supongo que este será el “senior”) era manifiesto.

En 1998 la Copyright Term Extension Act (CTEA) de 1998 – también conocida como Mickey Mouse Protection Act – extendió los plazos de copyright en los Estados Unidos durante 20 años. Antes del Acta (bajo la Copyright Act of 1976), el copyright duraba toda la vida del autor más 50 años, o 75 años para una obra de corporate authorship; el Acta extendió estos plazos durante la vida del autor más 70 años y para obras de corporate authorship durante 120 años tras la creación o 95 años tras la publicación, independientemente de la anterioridad del punto final creativo.

La ampliación del plazo del copyright y la consiguiente disminución de obras en el acervo común es una disparatada estrategia legislativa que repasaré en algún otro post de este blog. Por hoy basta.

La “propiedad” intelectual: Una propiedad inventada.

La “propiedad” intelectual: Una propiedad inventada.

La escasez es un concepto central para la economía y ha sido subrayado en mayor o menor medida por todas las escuelas económicas. La definición clásica de lo que sea la economía es de Lionel Robbins, quien afirma:

La economía es la ciencia que se encarga del estudio de la satisfacción de las necesidades humanas mediante bienes que, siendo escasos, tienen usos alternativos entre los cuales hay que optar“.

La propiedad es un concepto que sigue de forma lógica a la escasez: cuando un bien no es escaso y se encuentra a disposición de de todos en cantidades inagotables el derecho de propiedad se torna innecesario; es por eso que, hasta hoy, el aire ha sido gratis y nadie ha tratado de ostentar sobre el mismo un derecho de propiedad. Ciertamente, algún puntilloso me dirá que en estos tiempos el aire limpio se está volviendo escaso, y yo, por mi parte, no podré sino responderle que precisamente por eso ya se empieza a comerciar con él, aunque sea en forma de cupos de emisiones de gases derivados del protocolo de Kioto.

En fin, no nos apartemos del tema, la propiedad sólo tiene sentido respecto de los bienes escasos, los bienes superabundantes, inagotables, son bienes para los cuales no fue pensado el derecho de propiedad.

El derecho de propiedad se configura como un juego de suma cero; es decir, un juego en que la ganancia o pérdida de un participante se equilibra con exactitud con las pérdidas o ganancias de los otros participantes. Dicho de otro modo, si yo te vendo una mesa tú tendrás la mesa y yo no; si tú me entregas dinero a cambio de la mesa yo tendré el dinero y tú no.  Simple y efectivo, hasta un niño lo entendería.

Ahora bien ¿qué ocurre cuando los bienes no son escasos, sino inagotables, y están a disposición de todos, en todo momento y en la cantidad en que los necesiten?

Entonces la propiedad ya no es necesaria, es sólo una enfermedad. Nadie pagaría por respirar un aire del que nadie puede privarme; ni nadie, que no fuese un estafador o un artista, sería capaz de vender “porciones de inmaterialidad” a cambio de oro o de otra cosa.

Dicho esto pasemos a lo que nos ocupa. Como ya tuve ocasión de reflexionar en otro post de éste blog existen unos bienes (a los que llamé informacionales) que no pueden ser objeto de propiedad en el sentido clásico, pues  ni pueden reivindicarse ni mucho menos transmitirse como un juego de suma cero. Es el caso de los bienes informacionales, de las ideas, de la educación.

Como  escribió Thomas Jefferson (él mismo un inventor, así como el primer Examinador de Patentes de EE.UU.):

“El que recibe una idea de mí, recibe instrucción sin que yo pierda la mía, igual que quien enciende su lámpara en la mina, recibe luz sin dejarme a mí en la oscuridad.”(1)

Es decir que si yo le entrego a usted una idea yo no tengo por qué quedarme sin la idea (de hecho la conservo) aunque usted, si paga por ella, ciertamente sí se queda sin su dinero porque, al menos hasta hoy, el dinero es un bien bastante escaso y no parece que eso vaya a cambiar en el futuro. La idea así entregada se propaga y puede propagarse tanto como sea preciso, nunca habrá escasez.

Éste tipo de bienes informacionales, por tanto, no son susceptibles de ser analizados ni regulados desde el prisma de la economía clásica o del derecho clásico y esto, naturalmente, planteaba un problema grave para los capitalistas de la época ¿si no podemos ser propietarios de las ideas cómo podremos comerciar con ellas?

Para poder comerciar y sujetar a los bienes informacionales a las reglas de la economía clásica era preciso, antes que nada, que fuesen escasos y, para ello, se ideó un sistema para crear la escasez artificial de estos bienes. La herramienta fue el derecho.

Primero el derecho declaró que estos bienes eran susceptibles de ser poseídos y decidió que, puesto que no eran una propiedad común, serían una propiedad “especial” (artículos 428 y 429 del Código Civil). Como tampoco había forma de otorgar a los “propietarios” de estos bienes las facultades que cualquier propietario tiene sobre cualquier bien mueble o inmueble, se les concedió a estos “propietarios” de bienes informacionales una especie de patente o monopolio legal. Y así, donde no hubo nunca escasez ahora la había, y donde no existían las palabras de “tuyo” y “mío” ya pudieron pronunciarse, y venderse y comprarse y arrendarse a cambio de dinero bienes que, como el aire, hasta ese momento habían fluído libremente.

Como toda decisión legislativa, éste sistema de “propiedad especial” no es neutral, favorece a unos y perjudica a otros. Comprobar a quienes favorece y a quienes perjudica será objeto de otros post aunque, a estas alturas, supongo que se imaginarán que esta regulación, como la crisis, como el paro, perjudica a ese grupo de personas a los que hemos dado en llamar “los mismos de siempre”.

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(1) Thomas Jefferson a Isaac McPherson, 13 de agosto de 1813, carta incluida en The Writings of Thomas Jefferson, vol. 13, ed. A.A. Lipscomb andA.E. Bergh (Washington, D.C.: Thomas Jefferson Memorial Association, 1904), pp. 326–38. Jefferson reconocía que puesto que las ideas no son escasas, la patente y los derechos de autor no son derechos naturales y sólo pueden justificarse, si es posible hacerlo, desde la postura utilitaria de promover invenciones útiles y obras literarias (e incluso en este caso, deben crearse por ley, puesto que no son derechos naturales). Ver Palmer, “Intellectual Property: A Non-Posnerian Law and Economics Approach,” p. 278 n. 53. Tampoco esto significa que Jefferson apoyara las patentes, ni desde el punto de vista utilitarista. El historiador sobre patentes Edward C. Walterscheid explica que “a lo largo de su vida, [Jefferson] mantuvo un saludable escepticismo acerca del valor del sistema de patentes.” “Thomas Jefferson and the Patent Act of 1793,” Essays in History 40 (1998).